Con esta invocación le pedimos a la Virgen María que nos conceda la participación en la alegría trascendental, en aquella alegría que supera incluso los grandes sufrimientos morales, tales como los sufrimientos que tuvo que superar Jesucristo en la Pasión.
Es María la que exclama ante su pariente Isabel: “Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador” (Lc. 1, 46-55). Para Ella la alegría verdadera procede del espíritu, que para los semitas significa lo más íntimo de la persona, afirmando así que la alegría es divina.
La alegría aparece pocas veces en el Anitguo Testamento y cuando lo hace es en forma de gozo. Con Abram (1.800 a. C.) comienza una Nueva Era para toda la humanidad: es el comienzo de la Promesa que trae a la humanidad la esperanza. Hasta entonces, en la tierra no había esperanza de abandonar el reino de las tinieblas. Toda la humanidad adora a diversos “dioses” y la magia y los mitos recorren el planeta; es el reinado de los espíritus diabólicos y la humanidad gime en la oscuridad.
Iglesia de Santa Ana
Yahvé cambia el nombre de Abram por el de Abraham y sella una Alianza con él, prometiéndole un pueblo más numeroso que toda la arena del mar. Lo sella en la carne para visualizar a los miembros de ese pueblo que son suyos. Lo escoge para que sea el fermento de una nueva humanidad donde brille la luz y desaparezcan las tinieblas, donde la humanidad encuentre a su Creador y lo acepte como Padre y origen de todo.
El pecado ha sido grande, no ha sido una debilidad de la naturaleza humana, sino que ha sido una negación del Creador para ser sustituido por el hombre. Ha sido el triunfo de las tinieblas sobre la luz y la herida ha sido profunda. El hombre está sólo.
El pueblo de Israel comienza un largo camino de conversión, esperanzado a veces y desesperado otras. Son los profetas los que van anunciando la venida del Mesías. En ese caminar aparecen unos grandes Patriarcas que guían al pueblo y hablan con Yahvé. Sobre todos ellos, destaca David, que marcará un antes y un después al constituir una “familia”. El rey David será, en adelante, el referente moral para todo el pueblo de Israel.
Nuestra Señora de Belén
David es el autor de los Salmos, que hoy recitan con devoción los judíos piadosos, y también el que manifestó con gran júbilo el traslado del Arca de la casa de Obed-edom a la ciudad de David. (2 Samuel 6: 11-12). El Rey cantó y bailó delante del Arca y el pueblo lo celebró con júbilo. Ya habían pasado más de 800 años desde que Abraham hizo la Alianza y el pueblo judío va interiorizando y fortaleciendo su fe en Yahvé. También va descubriendo poco a poco que Yahvé es un Padre que quiere a sus hijos y no un Padre que sólo les castiga.
Esta relación Padre-Hijo será mostrada de forma exuberante por Jesús de Nazaret, que insistirá en ella, tanto en su predicación como en sus milagros, manifestando su amor especial por el género humano. Jesucristo, al romper las cadenas, trae la alegría al mundo.
La alegría trascendental, es propia, sin duda, de la generación del Hijo. Se puede decir incluso que Dios es el inventor de la alegría en tanto que la extiende a la creación, sobre todo, en cuanto que la vida creada es también generativa. No cabe alegría mayor que la generación eterna del Hijo”. Polo L. “Epistemología, Creación y Divinidad”. p.320.
Si la alegría proviene de la generación, las madres y los padres son muy felices cuando viene al mundo un hijo suyo y esa alegría es muy superior a la que proporciona la posesión de bienes materiales o el disfrute de los que proporciona el mundo.
Presentación del niño en el templo
Así lo entendió el pueblo judío, donde la esterilidad era una afrenta especialmente dolorosa para la mujer. La maternidad del Antiguo Testamento se ilumina en todo su esplendor con María, porque Ella es el modelo perfecto de Madre: aquella concebida sin pecado, que fue asumida por el Hijo, para ser Madre de Dios.
Ella aceptó ser Madre y lo engendró como el Salvador del género humano, por lo que la alegría de María fue doblemente plena: como Mujer (la Mujer del Génesis y del Apocalipsis) y como Madre, al ser la Madre del Redentor.
María fue alegría desde el instante de su Inmaculada Concepción porque, desde ese instante, es hija de Dios Padre y por eso, la joven judía Miriam de Nazaret, rebosó alegría durante toda su vida. No solamente fue alegría durante toda su vida, sino que, además, la donó a todo el género humano cuando Ella, al pie de la Cruz, recibió de su Hijo la Iglesia como un don, y Ella, al aceptarlo, nos aceptó como hijos suyos. Por lo tanto, comunica esa alegría a todos los miembros de la Iglesia al “engendrarnos” como hijos.
Después de la Resurrección, ya en la Iglesia, podemos afirmar que María es la causa de nuestra alegría. Ahora es María quién nos dice aquellas dos primeras palabras del mensaje del ángel: No temas y alégrate. Así, María vuelve a decirnos: alegraos conmigo porque Dios ha resucitado para siempre. Alegraos y no tengáis miedo, la muerte ya no triunfa en vosotros: Yo soy vuestra madre. Esa misma alegría se nos da en el Bautismo y en la Confesión.
María es la causa de esa alegría que el mundo no puede quitarnos y que Ella quiere comunicar a todos. Comunicar la alegría de la Resurrección, de la nueva vida, ese es el camino de felicidad que María muestra a todos los hombres.
Simeon’s Song of Praise, 1631. Rembrandt van Rijn. Mauritshuis
Lo contrario de la alegría no es la soledad, ni el dolor, ni la falta de medios, ni la enfermedad. Lo contrario es la tristeza, que toma posesión de nosotros al considerarnos, a nosotros mismos, como la causa de nuestra alegría y entonces esta desaparece.
¿Has perdido la alegría? Hay un obstáculo entre Dios y tú. Busca a María para que te ayude a encontrar a su Hijo.
Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.
Por Domingo Aguilera Pascual
