En lo más hondo de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén se encuentra una capilla que conmemora el hallazgo, o «Invención», de la Cruz.
En latín, invenire significa sencillamente «descubrir» o «encontrar». La capilla de la Invención de la Cruz conmemora, por tanto, el hallazgo de la Vera Cruz por santa Elena.
Desde la hermosa capilla armenia —antiguamente llamada capilla de Santa Elena—, el visitante desciende por una escalera de piedra.
A medida que baja, los muros de sillería —en los que los peregrinos de otros tiempos grabaron cruces— dejan paso a la caliza rosa anaranjada de la roca madre. No olvidemos que el lugar del Santo Sepulcro fue una cantera de piedra muy antigua que, ya en tiempos de Jesús, se había convertido en necrópolis.

Cúpula cruzada de la capilla armenia de San Gregorio, también conocida como capilla de Santa Elena. Henri Gourinard, 2026.
Un montículo de roca de mala calidad se utilizaba para las ejecuciones públicas por su cercanía a las puertas de la ciudad: es el Gólgota (el lugar de la Calavera, o Calvario). El titulus crucis —el letrero que Pilato mandó fijar en lo alto de la cruz con el motivo de la condena de Jesús en latín, griego y hebreo— podía, en efecto, ser leído por quienes pasaban por allí (cf. Jn 19,20).
En el extremo opuesto, los niveles inferiores de esa misma cantera se habrían utilizado, según la tradición, para guardar las cruces empleadas en las ejecuciones.
Sócrates, autor bizantino del siglo V, cuenta que fue en este lugar profundo donde santa Elena, madre del emperador Constantino, identificó la Vera Cruz del Salvador. Según esta misma fuente, hizo tender sobre las cruces allí halladas a una mujer paralítica. Al entrar en contacto con la Vera Cruz, la mujer habría quedado curada.
Hay que señalar que esta anécdota no aparece en el relato de Eusebio de Cesarea sobre la construcción del Santo Sepulcro, recogido en su Vita Constantini. Pero también es cierto que Eusebio parece minimizar de forma sistemática el papel de Elena en el hallazgo de las reliquias, para realzar así el de su hijo Constantino en la construcción del edificio sagrado.
En cualquier caso, la tradición se hizo muy popular enseguida, en Jerusalén y fuera de ella, hasta el punto de que en el siglo XII los cruzados dedicaron las dos capillas mencionadas.
La emperatriz Elena brilla por su ausencia en la capilla que lleva su nombre. Los armenios han preferido honrar allí sus propias tradiciones nacionales sobre la conversión de su pueblo al cristianismo, que tuvo lugar pocos años antes de que el propio Constantino promulgara el Edicto de Milán (313).
Sin embargo, entre las pinturas que adornan sus muros, una de ellas no representa el hallazgo de la Vera Cruz, sino su regreso triunfal a Jerusalén después de que los persas la robaran tras invadir Jerusalén y las provincias orientales del Imperio en el año 614. El emperador Heraclio, tras dar un giro milagroso a una situación militar que se daba por perdida y lograr una victoria decisiva sobre el Imperio persa, organizó su entrada triunfal en Jerusalén, que tuvo lugar el 24 de septiembre de 629 (véase el artículo sobre la Puerta Dorada). Esta es la fecha de la solemnidad de la Exaltación de la Cruz en el calendario litúrgico.
De hecho, ya en el siglo IV la Iglesia de Jerusalén conmemoraba la Cruz Gloriosa en ese mismo día —o, más exactamente, el 13 de septiembre—, aniversario de la dedicación (Encaenia) de la iglesia de la Anástasis («Resurrección» en griego), conocida en Occidente como iglesia del Santo Sepulcro, que tuvo lugar en el año 335. La peregrina Egeria nos informa, en efecto, de que el día de esa dedicación se había fijado precisamente en el día en que santa Elena (a quien, por desgracia, no menciona) había descubierto las reliquias de la Vera Cruz.
¿Coincidencia o providencia? Dos acontecimientos relacionados con la Santa Cruz tuvieron lugar en las mismas fechas: el 13 y el 14 de septiembre.
Henri Gourinard
