Da la impresión que la basílica del Santo Sepulcro está constantemente en obras. Hace unos diez años se renovó enteramente el edículo de la Tumba del Señor; ahora toca rehacer el suelo… Hay que reconocer que, tanto la historia como la topografía del sitio se prestan a este juego de construcción, destrucción y renovación.
El templo ha sido erigido sobre una antigua cantera ya abandonada en la época del Señor y convertida, parte en el lugar de ejecución de los condenados el Gólgota, y parte en cementerio-jardín, el Sepulcro.
A principios del siglo IV, cuando Santa Elena llegó a Jerusalén, fue en las entrañas de esta antigua cantera donde encontró la Cruz Verdadera, en la que fue clavado el Salvador del mundo. Nos dice la tradición que el lugar había sido transformado en un templo dedicado a Júpiter Capitolino y a la diosa Venus. Los arquitectos de Constantino, cubrieron el lugar con escombros para construir encima una gran basílica, llamada Martyrium, por la peregrina Egeria.
Fueron los cruzados en el siglo XII quienes reabrieron las entrañas del Santo Sepulcro con la creación de las capillas de Santa Elena, y de la Invención de la Santa Cruz. Esta última, era el lugar más profundo de toda la basílica hasta los años 1970. La Iglesia armenia quiso averiguar si el espacio al este de la capilla de Santa Elena (de San Gregorio para los armenios) estaba vacío o no. Con las excavaciones, se encontraron con la bóveda natural de la roca de la cantera antigua, unas cisternas y unos espacios abiertos entrecortados por unos muros antiguos. En uno de estos espacios se encontró un grafito enigmático.
El grafito representa un barco con timón de espadilla. La proa está a la izquierda y la popa a la derecha. Las velas han sido arriadas y el mástil tumbado. ¿Habrá sufrido una tormenta?
Otro punto enigmático, es la inscripción en latín: DOMINE IVIMUS. La forma ivimus no existe en latín para el verbo ire (ir). Las formas más cercanas son ibimus (iremos) o imus (fuimos). Si su autor era cristiano, puede ser que se inspirase en el primer versículo del salmo 121 (Vulgata). El salmo 121 pertenece al género de los salmos de las subidas, cantados por los peregrinos judíos, en camino hacia el Templo de Jerusalén. El salmista empieza con un grito de alegría: Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: in domum Domini ibimus “¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!”. Nos interesa la segunda parte del versículo: in domum Domini ibimus.
El hecho de que la ‘b’ de ibimus se haya transcrito como ‘v’ indica, según algunos especialistas, el origen hispánico del autor del grafiti. ¿No dice el dicho latino: Beati Hispani quibus vivere bibere est “Bienaventurados los españoles, para quienes vivir es beber”?
El texto de la inscripción puede tener otra interpretación: las palabras de Pedro dirigidas a Jesús tras el discurso sobre el Pan de Vida y recogidas en el Evangelio de Juan (6,68): Domine, ad quem ibimus? “Señor, ¿a quién iremos?”. Tanto el vocativo de “Señor” (Domine) como el tiempo futuro del verbo ir (ibimus) coinciden con el texto del grafito, pero la omisión de “a quién” (ad quem) hace que la lectura de la inscripción resulte poco sólida, por no decir incomprensible.
Una tercera interpretación nos sacaría del apuro: Domine, imus “Señor, hemos llegado”: un simple error ortográfico: una ‘v’ entre las dos ‘i’ del verbo ire conjugado en pretérito en primera persona del plural.
Con esta inscripción y este dibujo de un barco con las velas arriadas, el autor simplemente habría querido manifestar su agradecimiento y el de toda una tripulación hacia el “Señor” ¿Jesucristo o Júpiter Capitolino? por haberlos salvado de un naufragio. Si se trata de cristianos, nos encontramos ante la primera prueba arqueológica de la frecuentación del lugar del Santo Sepulcro por parte de peregrinos, antes de que Helena y Constantino erigieran la gran basílica de la Anastasis.
Por Henri Gourinard
