Saúl y los orígenes de la monarquía

May 13, 2024

La crítica histórica de los libros de Samuel, junto con los hallazgos arqueológicos, permite acercarse a la época histórica en la que se sitúan las narraciones bíblicas acerca de los orígenes de la monarquía. 

El libro de los Jueces, en los capítulos sexto al noveno, alude a una serie de tradiciones sobre Gedeón y Abimélec en las que aparecen los primeros intentos israelitas para tener un rey, a imitación de los pueblos vecinos. Después de la victoria de Gedeón sobre los madianitas, los hombres de Israel ofrecieron una realeza dinástica a Gedeón, pero él la rechazó: «vuestro jefe será el Señor» (Jue 8,23). Pero a la muerte de Gedeón, Abimélec expuso a los habitantes de Siquén sus pretensiones monárquicas (cfr. Jue 9,1-3) y logró que lo proclamasen rey. Sin embargo, pronto tuvo conflictos, y acabó pasando a cuchillo a la población y destruyendo la ciudad (Jue 9,42.25). 

Las resistencias a que alguien se proclame como rey surgen de considerar que sólo el Señor es el rey de su pueblo, tal y como lo manifiestan las palabras de Gedeón que acabamos de mencionar, y por eso no debería haber nadie que reclamara para sí ese honor. 

Árboles de olivos, Jerusalén

Árboles de olivo, Jerusalén

Un testimonio muy antiguo de los sentimientos que suscitó el debate sobre la instauración de la monarquía es el discurso de Jotán, uno de los pocos textos bíblicos en los que se narra una fábula, la de los árboles que discuten acerca de su rey: los árboles dignos y nobles como el olivo, la higuera o la viña, renuncian a ser reyes, mientras que la zarza es la única que presenta su candidatura, y además de modo prepotente (Jue 9,7-15). Sólo ambiciona gobernar y tener poder, aquel que no sirve para nada ni tiene nada que aportar a los demás.

Sin embargo, la necesidad de hacer frente al expansionismo filisteo, empujó a la instauración de un poder centralizado en torno a la figura de un rey. A pesar de la ruptura del status tradicional que esto suponía, se fue abriendo paso la idea de imitar el modelo de las naciones vecinas y depositar en una sola persona, el rey, la autoridad necesaria para reclutar las fuerzas, y otorgarle la misión de dirigir la guerra con un ejército profesional. Deseo de parte del pueblo que, tras varias vicisitudes, sería ratificado por el Señor a través de Samuel (cfr. 1 S 8,7-9).

"Saúl y David" de Rembrandt, foto por Sailko

“Saúl y David” de Rembrandt, foto por Sailko

Los intentos más serios para instaurar una monarquía estable se centran en Saúl, un joven aguerrido de la tribu de Benjamín. Era un guerrero que sacaba los hombros y la cabeza a todos los demás israelitas, un héroe carismático como los jueces que le habían precedido. En su época la amenaza de los filisteos era cada vez más apremiante, y se hacía necesario un gobierno unitario de las tribus. Después de su victoria contra los ammonitas, Saúl fue proclamado rey en Guilgal (1 S 11,15).

Saúl instaló su corte en Guibeá, su ciudad natal, unos cinco kilómetros al norte de Jerusalén. Allí edificó un palacio-fortaleza, de construcción bastante tosca, aunque relativamente bien fortificado. 

Sin embargo, Saúl perdió el favor del Señor debido a su desobediencia, y pronto comenzó a emerger la figura de David.

Por don Francisco Varo Pineda, sacerdote

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