¿Es que puede una mujer olvidarse de su niño de pecho, no compadecerse del hijo de sus entrañas? ¡Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré!! (Is 49,15). Con estas palabras el profeta Isaías trata de explicar al pueblo de Israel cómo es Dios “por dentro”, cómo es su amor por nosotros. Isaías anuncia también que la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, el Enmanuel: Dios con nosotros. Asimismo, describe con detalle la pasión y muerte de Jesús, 750 años antes de que suceda; y el triunfo final de su resurrección (50, 4-9).

Vista del Santo Sepulcro, Jerusalén
En menos de 700 metros la Vía Dolorosa, el Calvario y el Santo Sepulcro condensan en Jerusalén una intensidad única: aquí Jesús encarnó el amor descrito por Isaías (Is 53,3); cargó libremente sobre sí todo el sufrimiento de la humanidad, de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, sus causas y sus consecuencias; aquí murió en la cruz; y a pocos metros, resucitó de entre los muertos, como lo había anunciado. Su resurrección fue un hecho histórico que rompió todos los moldes de la experiencia humana: tuvo que convencer a sus discípulos en estado de shock, incapaces de reaccionar.
Sucede que nuestra razón, acostumbrada a resolver cuestiones prácticas, se bloquea ante lo que no entiende: necesita entrar en otra lógica, la lógica del corazón -no del sentimiento-, la lógica de Dios que Pascal condensó en una célebre frase: “el corazón tiene razones que la razón ignora”. Si, en ocasiones, no somos capaces de leer en nuestro propio corazón, ¿cómo vamos a comprender la locura de amor que se encierra en el corazón de Dios? Ante un amor tan grande solo cabe el asombro agradecido y el deseo de corresponder, de adentrarse, más y más, en ese “mar de la esencia divina, eternamente tranquilo y, al mismo tiempo, de una prodigiosa y nunca interrumpida actividad”; amor sufriente, que se derrama sobre cada uno y sobre el mundo entero constantemente.

Santo Sepulcro, Jerusalén
La Tumba Vacía nos enseña a levantar la mirada por encima del mal que nos rodea y nos abruma. El mal está ahí y no va a desaparecer, pero podemos vencerlo con el bien. Como afirma A. Brooks: “Si quieres ser verdaderamente rebelde, ama a tus enemigos”, dice. “No amar para justificar lo que hacen, sino para no dejar que el odio defina quién eres tú”. Y comenta cómo, después de recibir un mensaje lleno de insultos, en lugar de responder con rabia, respondió con gratitud. Esto cambió la dinámica, explica. “El otro no supo cómo reaccionar. Amar donde no hay amor descoloca, rompe el guión: libera”. “El amor es el secreto”, insiste. “No es debilidad, es poder en estado puro”.
Por Carmen Rodríguez Êyre
