Regreso a Jerusalén con escala en Grecia. Mi imaginación se va, cuando sobrevolamos las costas griegas, a la leyenda de Ícaro, con sus rudimentarias alas, gozando la felicidad de una libertad sin límites, bajo la luz y el calor del sol… Y me lo imagino también caído en el mar, que se divisa desde el avión, a la deriva. ¿Cuánto tiempo podemos sobrevivir así, sin anclajes, sin que surjan inevitables las preguntas: por qué, para qué, tiene algún sentido?…

Tel Aviv
Rumbo ya a Tel Aviv, en el duermevela del avión, se me vino el recuerdo de una mujer que en la sala de espera, me hizo una confidencia: “un día agotada -decía- por el bullicio de mis hijos pequeños, especialmente de uno, que no daba tregua con sus travesuras, me fui a la calle. En mi agitación repetía interiormente: ¡No puedo más! ¡Es mi hijo y lo quiero, pero no lo aguanto! En esa letanía me encaré con Dios: ¡Tú no me entiendes! ¡Es mi hijo y lo quiero, pero no lo aguanto…! De pronto dentro de mí -explicó con gran sencillez y una enorme sonrisa-, se abrió paso una voz, sin palabras: – ¡Claro que te entiendo! ¿Cómo no voy a entenderte, si eres mi hija? Me invadió una gran paz: ¡Hija de Dios! Comprendí de pronto que el amor y el sufrimiento son compatibles. Y que no eres más feliz cuando no sufres y todo va sobre ruedas”, resumió.
Mientras divagan mis pensamientos en estas horas nocturnas, el avión aterriza en Tel Aviv. Superados los trámites administrativos, enseguida llegaré ¡Por fin! a casa, ¡A mi casa!, con sus luces y sombras, sus grietas y desconchones -cicatrices que marcan el paso de los días y los años- el lugar donde me quieren por lo que soy, no por lo que tengo. Así los quiero yo también. Un cariño hecho de servicios, agradecimiento, y perdón; de diálogos y silencios, de alegrías y penas compartidas y acompañadas.

Natividad en Belén
La familia: el anclaje natural que nos precede, y que, con nuestras limitaciones, tratamos de construir cada día. La familia, el lugar privilegiado para aprender a superar nuestros propios límites; “a dar pequeños pasos con sentido”, a “saborear lo que vivimos”, dice A. Brooks, un experto en Felicidad.
Pienso en mi familia y en tantas otras aquí y en todas partes que, como una malla invisible, -cada una con su personalidad, sus tradiciones y costumbres, sus modos de entender la vida y de entenderse a sí mismas-, sostienen el mundo. Familias naturales repletas de sentido, que, como el árbol plantado al borde de la acequia, dan su fruto en su tiempo y sus hojas no se marchitan (Salmo 1,3).
Está amaneciendo cuando, finalmente, abro la puerta de casa y me recibe el aroma del café humeante, – ¡Café-café, recién hecho, sin sucedáneos!-, y el abrazo cariñoso de los primeros en levantarse.
Por Carmen Rodríguez Ëyre
