Raíces

Mar 21, 2026

Regreso a Jerusalén con escala en Grecia. Mi imaginación se va, cuando  sobrevolamos las costas griegas, a la leyenda de Ícaro, con sus rudimentarias alas, gozando  la felicidad de una libertad  sin límites, bajo la luz y el calor del sol… Y me lo imagino también caído en el mar, que se divisa desde el avión, a la deriva. ¿Cuánto tiempo podemos sobrevivir así, sin anclajes, sin que surjan inevitables las preguntas: por qué, para qué, tiene algún sentido?…

Tel Aviv

Tel Aviv

Rumbo ya a Tel Aviv, en el duermevela del avión, se me vino el recuerdo de una mujer que en la sala de espera, me hizo una confidencia: “un día agotada -decía- por el bullicio de mis hijos pequeños, especialmente de uno, que no daba tregua con sus travesuras, me fui a la calle. En mi agitación repetía interiormente: ¡No puedo más! ¡Es mi hijo y lo quiero, pero no lo aguanto! En esa letanía me encaré con Dios: ¡Tú no me entiendes! ¡Es mi hijo y lo quiero, pero no lo aguanto…! De pronto dentro de mí -explicó con gran sencillez y una enorme sonrisa-, se abrió paso una voz, sin palabras: – ¡Claro que te entiendo! ¿Cómo no voy a entenderte, si eres mi hija? Me invadió una gran paz: ¡Hija de Dios! Comprendí de pronto que el amor y el sufrimiento son compatibles. Y que no eres más feliz cuando no sufres y todo va sobre ruedas”, resumió.

Mientras divagan mis pensamientos en estas horas nocturnas, el avión aterriza en Tel Aviv. Superados los trámites administrativos, enseguida llegaré ¡Por fin! a casa, ¡A mi casa!, con sus luces y sombras, sus grietas y desconchones -cicatrices que marcan el paso de los días y los años- el lugar donde me quieren por lo que soy, no por lo que tengo. Así los quiero yo también. Un cariño hecho de servicios, agradecimiento, y perdón; de diálogos y silencios, de alegrías y penas compartidas y acompañadas. 

Natividad en Belén

Natividad en Belén

La familia: el anclaje natural que nos precede, y que, con nuestras limitaciones, tratamos de construir cada día.  La familia, el lugar privilegiado para aprender a superar nuestros propios límites; “a dar pequeños pasos con sentido”, a “saborear lo que vivimos”, dice A. Brooks, un experto en Felicidad.  

Pienso en mi familia y en tantas otras aquí y en todas partes que, como  una malla invisible,  -cada una con su personalidad, sus tradiciones y costumbres, sus modos de entender la vida y de entenderse a sí mismas-, sostienen el mundo. Familias naturales repletas de sentido, que, como el árbol plantado al borde de la acequia, dan su fruto en su tiempo y sus hojas no se marchitan (Salmo 1,3). 

Está amaneciendo cuando,  finalmente, abro la puerta de casa y me recibe el aroma del café humeante, – ¡Café-café,  recién hecho, sin sucedáneos!-, y el abrazo cariñoso de los primeros en levantarse. 

Por Carmen Rodríguez Ëyre

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