Tierra Santa, ventana a la vida de Jesús (II)

Jun 19, 2026

Leer aquí la primera parte del testimonio de don José Antonio sobre su peregrinación por Tierra Santa

Continuaremos nuestra peregrinación por Tierra Santa armonizando geografía y fe, con recuerdos que se moverán en torno a Belén y Jerusalén. 

A unos 150 kilómetros al sur de Nazaret, encontramos Belén. De sus 300 habitantes que pudiera contar cuando nació Jesús, ha pasado hoy a unos 30.000 aproximadamente. Una gran basílica con muchos siglos -a diferencia de la moderna que vimos en Nazaret-, acoge el lugar que conmemora el Nacimiento de Jesús. Desde una amplia explanada se accede al interior por una puerta muy angosta y de apenas 1’30 metros de altura. El por qué histórico de tan curiosa pequeñez, quedará para otra ocasión. Resaltaré, en cambio, el simbolismo de su nombre; se la conoce como: “Puerta de la humildad”. Interpela al peregrino y está claro que alude a la necesidad de abajar toda soberbia, para llegar al lugar escondido y humilde donde el Hijo de Dios-Padre hecho hombre, nació por amor nuestro. 

La Gruta de la Natividad y la Puerta de la Humildad

En su interior y en un reducido espacio del subsuelo basilical, el peregrino contempla la Gruta de la Natividad. Allí, bajo un pequeño altar, se puede besar una estrella plateada de catorce puntas, que indica el lugar del nacimiento. Alrededor de la estrella, una frase en latín dice así: “Aquí, de la Virgen María, nació Jesucristo”. De nuevo, en aquel punto geográfico y sin apenas esfuerzo alguno, como sucedía en Nazaret, el Espíritu Santo suscita la fe y el amor del creyente.

peregrinación por Tierra Santa

Gruta en la Iglesia de la Natividad, Belén

Dos veces he celebrado la Misa en aquella basílica. La primera, en un altar contiguo al que acabo de referirme, en la misma Gruta. Y la segunda, en otro algo más alejado, pero dentro del mismo recinto basilical, en la gruta de la capilla de santa Catalina del Sinaí. En el mosaico del suelo junto al altar, figuran dos inscripciones latinas con referencia al nombre de Belén que, como se sabe, significa: “Casa del pan”; es lo que leemos en latín, en el lado izquierdo del mosaico: “Domus panis”. 

Y en el lado derecho: “Panis vitae”, es decir: “Pan de vida”. Otra vez, desde esta ventana geográfica se enciende la fe del creyente, avivada al leer esas palabras, que le hacen dar un salto en el tiempo, cuando Jesús en su vida pública y en otro lugar geográfico que también visitamos -la sinagoga de Cafarnaúm-, proclamará: “Yo soy el pan de vida (…) bajado del cielo” (Jn 6, 35.38). Esta conexión de territorios y verdades de fe nos llevará ahora a Jerusalén, donde Jesús hizo realidad la conversión del pan común en su Cuerpo, y del vino en su Sangre, antes de culminar su obra redentora.

Jerusalén y los últimos pasos de Jesús

En Jerusalén, como ya señalé en la primera parte, fueron tres los lugares que más me conmovieron. Jesús los santificó de modo extremo, en sus últimas horas antes de morir: primero, el Cenáculo donde instituyó la Eucaristía; está en el Monte Sión. Después, y a una media hora de camino andando desde allí, como hizo Jesús aquella noche, encontramos el huerto de Getsemaní, al pie del Monte de los Olivos, donde se alza la basílica de la Agonía. En su interior, delante del altar, una enorme roca natural, rodeada de una corona de espinas de hierro forjado. Conmemora el lugar donde se supone que el Señor, al inicio mismo de su Pasión, sabemos que rezó y comenzó a sudar como gruesas gotas de sangre, según testimonia san Lucas. 

peregrinación por Tierra Santa

El Cenáculo, Monte Sión

Finalmente, en la misma ciudad vieja de Jerusalén, recorremos el camino que hizo Jesús llevando la cruz, hasta el Calvario donde murió. Es un montículo rocoso, muy cercano al sepulcro donde depositaron su cuerpo muerto. Ambos lugares se encuentran en el interior de la basílica llamada, precisamente, del Santo Sepulcro. 

Sin presunción alguna considero que, llegados a este punto, quizá el apóstol san Juan no habría tenido inconveniente en hacer especialmente suya la expresión “Tierra Santa, ventana a la vida de Jesús”, que figura en el título de estas reflexiones. Y esto, por la sencilla razón de que su fe en la resurrección de Jesús, fruto sobre todo de la gracia divina, brotó también e inseparablemente desde esta “ventana geográfica”, pegada a la tierra al ver la losa del sepulcro sin el cuerpo de Jesús, y los lienzos que lo habían envuelto. Al resucitar, estos lienzos quedaron aplanados suavemente sobre sí mismos, por así decir, al desaparecer la resistencia física del cuerpo del Señor. El modo de quedar plisados carecía de toda explicación natural, si no hubiera mediado el milagro de la resurrección, que sí arrojaba luz sobre aquella disposición de los lienzos. 

San Juan testimonia claramente aquellos momentos; escribe que, en su apresurada ida al sepulcro con Pedro, se adelantó a éste y: “… llegó antes al sepulcro. Se inclinó y vio allí los lienzos plegados, pero no entró. Llegó tras él Simón Pedro, entró en el sepulcro (…). Entonces entró también el otro discípulo que había llegado antes al sepulcro, vio y creyó” (Jn 20, 4-6.8). La fe en la Resurrección brotó en una ciudad concreta: Jerusalén. En un punto preciso: el sepulcro. Ante unos lienzos silenciosos. 

peregrinación por Tierra Santa

Iglesia de Las Naciones en Getsemaní

Peregrinar a Tierra Santa: una experiencia que fortalece la fe

El paso del Señor por nuestra tierra ha dejado huellas indelebles que hoy nos siguen interpelando. San Juan cierra así su evangelio: “…otras muchas cosas hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, (…), ni aún el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir” (Jn 21, 25). Ante estas palabras, ¿qué no debería decir yo finalizando estas reflexiones, que apenas si balbucean pocas ideas en torno a los cinco escenarios contemplados? En la medida de sus posibilidades, animaría a peregrinar allí a quienes no los conozcan. Como señalé al final del artículo anterior, los lugares de peregrinación no están afectados por las circunstancias que atraviesa el país, y por las que pedimos de nuevo al Señor una paz pronta y duradera.

Por todo lo escrito y ante posibles reticencias del eventual peregrino, no se me ocurre mejor estímulo que la respuesta de Felipe a su amigo Natanael, cuando le invitó a conocer a Jesús de Nazaret. Frente al dubitativo comentario de Natanael: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?, Felipe se limitó a responder con tres palabras “Ven y verás” (Jn 1, 46). Natanael le hizo caso y en su encuentro con Jesús quedó maravillado. A todo creyente le diría lo mismo: “¡Sí, vale la pena Tierra Santa!: ¡Viaja allí y verás!”.

Por don José Antonio García-Prieto, sacerdote

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