“Tú pronunciarás estas palabras ante Yahveh tu Dios: ‘Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y residió allí como inmigrante siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, fuerte y numerosa’.” – Deuteronomio 26, 5
Sucot: homenaje de los judíos para recibir a su huéspedes.
Las primicias de la tierra están presentes durante la fiesta de Sucot en la decoración interior de las cabañas – unas guirnaldas de frutas – y en las cuatro especies (arba‘at ha-minim) con las que se suele bendecir la sucá (cabaña): tres ramos de palmera (lulav), mirto (hadás) y sauce (aravá), y un cítrico llamado etrog. La dimensión histórica de la fiesta queda recordada en la costumbre que tienen los judíos de recibir huéspedes (ushpizín) en la sucá, como Abrahán, en sus errancias en Canaán, recibió a los tres divinos huéspedes bajo su tienda.
Interior de una sucá samaritana (Wikimedia Commons)- Sucot
Sucá en la calle Jaffa, Jersualén- Sucot
“Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes” – Hechos 2, 9-11
Era una mezcla de judíos, gentiles y prosélitos. Por esto, en el Templo de Herodes, unas inscripciones en griego advertían a los gentiles – mayoría helenos – de la prohibición de entrar en los atrios reservados a los israelitas, bajo pena de muerte. Aunque los romanos habían quitado a las autoridades judías la potestad de condenar a muerte, hacían la vista gorda en ciertos casos de justicia expeditiva dentro del recinto del Templo, como vemos cuando la muchedumbre intenta, en varias ocasiones, matar a Jesús, o en la lapidación de san Esteban.
“Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: ‘Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?’” – Juan 8,3-5
En el caso de aquella mujer, el motivo de la acusación no es de profanación del Templo sino de adulterio. Pero, aun así, la intención de los acusadores era no tanto juzgar este caso sino más bien poner a Jesús a prueba. El Maestro les dio una lección de misericordia: “inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra.” Después de un rato de espera incómodo, Jesús “se incorporó y les dijo: ‘Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra’.” (Jn 8,6.8) Avergonzados se fueron entonces los acusadores empezando por los mayores.
Por Henri Gourinard
