En estas fechas llegan de todas partes a Jerusalén mensajes con un mismo deseo: ¡Feliz Año Nuevo! aunque aquí existen tantos años nuevos como calendarios. Sin embargo, todos tienen algo en común: comenzar un nuevo año es una fiesta con la alegría de estrenar.
En el clima de estos días, en una tertulia informal, surgió la pregunta:
– ¿Cómo os imagináis el primer día del mundo? ¿Cómo se sintieron Adán y Eva al ver ante ellos un mundo inabarcable por los sentidos, en el que todo era bueno ¡Muy bueno! ¡Y estaba ahí ante sus ojos, como un gigantesco regalo para estrenar!? (Gen 1,1-31). Ni más ni menos que un regalo a la medida del Dios infinitamente Bueno, Todopoderoso: Dios-Amor, cuya alegría es estar entre los hijos de los hombres (Proverbios,8,31).
Se animó la conversación, y se removieron nuestros recuerdos de infancia cuando el día de Reyes o el 25 de diciembre, según las costumbres, recibíamos los regalos de Navidad bajo la mirada complacida de nuestros padres, que nos observaban mientras los desempaquetábamos y comenzábamos a manejarlos. Según los casos, nos ayudaban a descubrir su utilidad: cómo tratarlos para no estropearlos. De los paquetes de regalo iban surgiendo una pelota, una muñeca, una bicicleta, un cuaderno con hojas en blanco, páginas y páginas por estrenar… Incluso los objetos más sencillos adquirían un valor añadido muy particular: ¡Eran regalos! Un regalo, decía el profesor Dr. Luis Romera en una de sus clases, significa que alguien te quiere, que siempre va a estar ahí, que no te va a dejar. ¡La alegría enorme de dar y recibir, de sorprender! ¡Qué gran oportunidad para dejar atrás las listas de agravios, los borrones, los tachones tan numerosos en las páginas del libro de mi vida y volver a comenzar con la ilusión de la primera vez!

Jesus de Nazaret
A lo largo de los siglos, este deseo de estrenar, de re-nacer, se ha manifestado de muchos modos en las diferentes épocas y culturas; en las mitologías, en la literatura. También hoy está presente. Es una aspiración profunda que se puede hacer realidad con el perdón.
El perdón desata el vínculo negativo que se había creado entre ofensor y ofendido. El perdón verdadero libera a quien lo recibe y a quien lo otorga; no elimina el mal, pero sí el aguijón, el veneno del rencor que endurece el corazón: el perdón permite recuperar la libertad interior. ViKtor Frankl, psiquiatra judío superviviente de Auschwitz, lo expresó magistralmente, como fruto de su propia experiencia vital.

Jesús de Nazaret es el gran maestro del perdón. Él hace presentes a los hombres el amor misericordioso de Dios, “de quien es propio tener siempre compasión y perdonar”. ¡Todo un reto! Pero tenemos 365 días por delante para intentarlo y aprender.
Por Carmen Rodriguez Èyre
